Crónicas Andinas III

Sigo con los relatos y anécdotas vividas en el transcurso de mi viaje a Perú.

Me llamó mucho la atención la velocidad con la que hablan muchos peruanos –tanto hombres como mujeres- a los que traté. Parece que las palabras se atropellan unas a otras al ser emitidas, no es fácil llegar a entenderlos aunque hablen el idioma de Cervantes. Es como si (inconscientemente) les diera miedo que se pudiera colar un solo pensamiento que escape al control de su mente. Me sorprendió asimismo que muchas personas en Perú me contaran que una de sus fobias es el miedo a morir ahogadas. Entonces pensé que esto era bastante lógico si se tenía en cuenta la historia oculta de la humanidad. Veamos qué nos dice…

La Herencia Lemuriana

Según la historia oculta de la humanidad, Lemuria es el nombre de la última parte del gran continente que existió en el Pacífico: Mu. La destrucción de Mu y su hundimiento empezó, según dicen los expertos- hacia los 30.000 A.C. Dicho hundimiento se prolongó durante varios miles de años hasta que la última porción de Mu, conocida como Lemuria, acabó también sumergida, entre 10.000 y 12.000 A.C. Esto ocurrió antes de la destrucción de Poseidonis, la última parte del continente del Atlántico: Atlantis.

El Señor Aramu-Muru (Dios Meru) fue uno de los grandes sabios lemurianos, guardián de los pergaminos que contenían toda la sabiduría de su civilización, durante los últimos días de Mu. Él, junto con otros maestros, estaba informado de lo que estaba ocurriendo y se dedicó a archivar las valiosas crónicas y documentos de las bibliotecas de Lemuria. Se le encomendó a cada maestro la tarea de viajar a distintas partes del mundo para fundar escuelas de la antigua y arcana sabiduría, afín de conservar el conocimiento científico y espiritual del pasado.

El Señor Muru fue delegado por la Jerarquía para llevar los rollos sagrados codificados en un enorme disco solar hacia los Andes. El disco opera a base de cristales de cesio, pero no se trata del oro ordinario sino de un oro transmutado, un especie de metal translúcido similar al metal de los ovnis.

El disco originariamente estuvo colgado en el templo de la Luz Divina de Lemuria. Una vez en Perú, fue escondido en el Monasterio de los Siete Rayos y posteriormente trasladado a Coricancha, el templo principal de los Incas en Cuzco, donde permaneció hasta la invasión española. Dicen que fue desplazado a un templo intraterreno situado debajo del Lago Titicaca, para evitar que se lo llevaran los españoles, éste parece ser su último destino.

El disco solar es una representación simbólica del gran Sol central, el cual a su vez simboliza al Creador. Como un instrumento científico, fue usado en conexión con un sistema complejo de espejos de oro puro, reflectores y lentes para producir curaciones. Cuando se lo hacía armonizar con el peculiar modelo de frecuencia de una persona particular, podía teletransportarla dónde ella deseara, era pues un objeto de teletransportación.

Es posible conectar con la fuerza de este disco, pero desde el mundo etérico, para ello es necesario recibir la iniciación del disco solar, que es otorgada por maestros de luz a las personas que están preparadas para ello. Dicha iniciación no sirve para gran cosa si uno no la activa, sería como tener encerrado en un armario un precioso mecano, ofrece muchas posibilidades, pero con la condición de que movamos sus piezas.

Existen en Perú numerosas colonias lemurianas intraterrenas, debajo del Lago Titicaca, debajo de la puerta de Aramu Muru, debajo de la Laguna de Huacachina (Ica) y en otros muchos lugares sagrados. Y en tierras andinas viven en la superficie muchas personas que formaron parte hace miles de años de la civilización lemuriana, esto explicaría el temor a morir ahogadas. Por otro lado, la principal causa del hundimiento de la Lemuria y la Atlántida sería una pésima utilización de la luz, un mal uso de los poderes psíquicos conquistados por aquellas razas.

Por ello, no es de extrañar que muchas personas, bien porque han vivido en carne propia dicho hundimiento, bien porque captan inconscientemente esta información de la conciencia colectiva, sientan cierto temor (incluso a veces auténtico pavor) a desarrollar sus facultades psíquicas.

Dice J.Bouchart d´Orval en La Plenitud del Vacío : “No hay otro camino que el silencio para que se manifieste la intuición, concibiendo el silencio, no sólo como la ausencia de palabras sino también como el cese de toda identificación, es fijar la atención en la observación.”

Por otro lado dice Trigueirihno en Las Llaves de Oro: “La locuacidad es uno de los mayores obstáculos para el conocimiento superior, hablar innecesariamente desequilibra el éter planetario y las vidas elementales que en él existen. Refuerza el estado de identificación del individuo con el plano material e inhibe la acción de su mecanismo de contacto interior, que no necesita palabras para manifestarse.” Por lo tanto, quien habla mucho y muy deprisa está inconscientemente inhibiendo la posibilidad de conectar con su luz, con su esencia.

Limita la posibilidad de establecer un diálogo interno, de escucharse a si mismo, y generalmente el miedo a la luz suele estar en el origen de este tipo de actitud. Aunque, tal y como lo hemos comentado en más de una ocasión, uno de los componentes básicos de este temor no sólo es el recuerdo lejano de una mala utilización de la luz sino también el miedo a la responsabilidad que entraña la luz. Esto algo que se puede palpar aquí en España y en muchos otros lugares pero que se nota de forma especial en Perú, donde he podido conocer a numerosas personas que hablan mucho y muy rápido.

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