El papel de la mujer en la era de Acuario


Por Soleika Llop

“Hemos empezado a intuir la necesidad de restaurar los aspectos femeninos de la divinidad” El Código Da Vinci

El manido concepto de “Nueva Era”

A determinadas personas, la expresión “Era de Acuario” les suena a música celestial, otras tal vez la asocien con los peces tropicales. Otras, quizás más familiarizadas con el tema, opinarán que es algo parecido a una caja de Pandora o a un zoco árabe en el que se encuentra de todo y de nada. En efecto, con la denominación de “Nueva Era” se han acuñado cientos de productos de todo tipo, pero a pesar de ello, lo cierto es que esta noción va cobrando cada día más fuerza y ello no ocurriría si no se asentara sobre una base firme y lógica. En efecto, el cambio de Era no es una cuestión metafísica fruto de las divagaciones de algún iluminado, sino que se trata de un hecho astronómico producido por un fenómeno llamado “precesión de equinoccios”

Una era astrológica es el tiempo que el Sol tarda en recorrer un signo del Zodiaco por precesión de equinoccios, en un movimiento contrario al de la rueda zodiacal, en total, unos 2100 años. Actualmente, este punto se encontraría en los últimos grados de Piscis, tocando el umbral de Acuario. Sin embargo, a nivel sutil, ya son millones las personas que han penetrado en esa nueva era que ha de suponer un total cambio de valores y de paradigmas respecto a la anterior, tal y como ocurre con el advenimiento de cada nueva Era. Cambios en la educación, en el pensamiento, en la religión, en la ciencia, en el arte, en la forma de sentir, de relacionarnos. El ser humano empieza a moverse por percepciones nuevas y tiende hacia estados de comprensión más amplios donde el sentido de pertenencia a un todo despierta en él nuevos valores, que se enmarcan en conceptos como solidaridad y altruismo. El resultado será un nuevo modelo de sociedad en el que tal vez no quepan los más esenciales valores de la actual.

El gran juego de la separación

El papel de la mujer es fundamental en el advenimiento de esta nueva Era. Hasta ahora, hemos estado inmersos en un proceso involutivo en el que nos hemos ido separando progresivamente de nuestra conciencia divina, nos hemos ido alejando de las tierras de la unidad hasta alcanzar el máximo grado de diferenciación, de fragmentación y de dualidad. En este proceso involutivo, desde arriba –espíritu- hasta abajo –materia- hemos estado practicando un juego: el de lo masculino y lo femenino. Ha sido el gran juego de la separación. Y como todos los juegos, requiere contrincantes, lo cual no necesariamente significa enemigos. Dos fuerzas contrarias no forzosamente están llamadas a odiarse la una a la otra, ni siquiera a rechazarse o ignorarse. Pueden y deben aprender a armonizarse en una actitud de mutuo respeto. Los conceptos de macho y hembra han generado guerras y disensiones, y sólo son capaces de treguas sucesivas dentro de una gran guerra visceral, sólo son unas máscaras. En el juego de las hembras y los machos, no logramos imaginaros a nosotros mismos si no es colocados sobre las casillas negras o blancas de un hipotético tablero de ajedrez. Y en ese funcionamiento binario, cualquiera que sea la casilla en que nos colocamos, nos sentimos siempre al lado de los buenos, de los incomprendidos, de las víctimas o bien de los que dominan, si acaso para evitar ser dominados. En el marco de esta visión, nuestro ministerio de la guerra personal se llama Ministerio de Defensa, siempre nos estamos defendiendo de algo. Y esta visión no sólo abarca las relaciones personales sino nuestra vida social y profesional. Hemos olvidado que nuestra verdadera vida no se sitúa en el tablero de ajedrez, ni siquiera en las manos que trasladan las fichas, sino en el centro de aquel que concibe el juego, es decir, en nuestro espíritu.

El principio del macho

La energía del macho es una energía de dominación, de fuerza bruta, violencia, miedo, rigidez, primitivismo, bestialidad, de opresión de la conciencia, de uniformidad y rutina, que nos lleva a no salir del surco cavado por nuestros padres y ancestros, es la fuerza de la repetición que quiere organizarlo y controlarlo todo sin posible desviación. La del macho es una tierra en la que los apetitos nunca son satisfechos, es la tierra imaginaria de aquellos que han olvidado el signo de su nacimiento. El reino del macho, que es el territorio del ego personal, no puede concebir en sus sujetos el paso al ser, sólo tolera el derecho a existir. El del ego exacerbado es un estandarte totalitario, contrarrevolucionario, que practica el ahogo de la conciencia, que la desvía de su propio centro.

Lo varonil clasifica, hace repertorios, levanta barreras. Pero el exceso de fuego varonil no es patrimonio exclusivo de los hombres, sino de un número creciente de mujeres las cuales, como respuesta a la dominación del macho, han pasado al otro extremo reproduciendo su misma actitud. Cuando la mujer intenta apropiarse de las características del hombre se identifica con el pobre que, alardeando de ideales de igualdad, en realidad solamente sueña con conquistar los privilegios de los ricos. Toda fuerza que intente ponerse en el lugar de otra apoyándose en mecanismos análogos nunca está en su sitio, es un clon de la precedente. Por ello, la historia de la humanidad no es, hasta el presente, más que una sucesión de modelos de poder y de dominación que se reproducen y se copian unas a otras, establecidos sobre relaciones de fuerzas. El fuego femenino que ahora está empezando a manifestarse tiene por misión poner fin a ese combate y librarnos de la dualidad, del tartamudeo que va del dominante al dominado. La forma patriarcal de administrar la existencia rechaza el sueño y la fantasía porque éstas se oponen a la realidad cotidiana. La parte varonil de nuestra personalidad es la que busca las respuestas en el exterior, la que cree que Dios está fuera.

El principio de la hembra

El lado oscuro de la energía femenina nos habla de sumisión, debilidad, victimismo, subjetividad, carácter caprichoso y lunático, pereza, infantilismo, inconstancia, indolencia, hipersensibilidad, impresionabilidad, inseguridad, necesidad de protección, manipulación, instinto, utopía.

Hemos de salir de la visión del macho dominador y la hembra dominada para empezar a plantearnos la vida en términos de principio masculino y femenino, los cuales están destinados a reencontrarse y unirse.

El principio masculino

En Astrología, el principio masculino está representado por el Sol. El Sol es voluntad, energía, emisividad, fuerza de arranque, iniciativa, potencialidad, germen. Pero es también la voz de la conciencia, que es como un depósito que contiene el cúmulo de todas las experiencias que hemos vivido a lo largo de nuestras existencias, y de la sabiduría que hemos atesorado. El espíritu se manifiesta a través de nuestro Sol, es decir, a través de nuestro principio masculino El Sol es fecundador, representa los valores diurnos.

El principio femenino

El principio femenino corresponde a la Luna en Astrología. La Luna representa la oscuridad, los valores nocturnos, el subconsciente, la parte no visible de nuestra psique. Representa también la fantasía, la sensibilidad, el sueño, la ternura, la delicadeza, la fertilidad, la compasión, la fecundación, la receptividad, la imaginación, la intuición, la tolerancia, el deseo, la diplomacia, la capacidad de perdonar, de amar incondicionalmente y de dejarse amar y mimar, de recibir, de expresar las emociones, de adaptarse, de cuidar a los demás. Pero la Luna es también audacia, intrepidez la mujer es la llave secreta que abre las puertas del inconsciente, es la mediadora entre el hombre y las fuerzas secretas del universo. Dijo el Cristo (por boca de D.Meurois Givaudan en su libro “Visiones Esenias”) : “ La imaginación es una facultad femenina hermana del amor, podemos verla como un agua manada de las alturas del alma y que impide que se seque el corazón. El fuego femenino es un fuego revelador, pone en evidencia, bajo el Sol, una herida latente, una carencia. La iniciación por el fuego femenino lleva en ella la ley de la verdadera subversión porque la paz hacia la que hace avanzar, sobresalto tras sobresalto, no tiene nada que ver con la tregua. La fuerza femenina es la que rompe la cadena de todas las rutinas, es la capacidad de terremoto que osa dar vueltas a las páginas de la vida”. Es también la que sabe reconocer la belleza y la grandeza de una debilidad y puede concebir la potencia redentora de una lágrima.

Lo femenino es la apertura a lo que viene del exterior, es la parte de nuestra psique que acoge el misterio, lo desconocido, es la que busca respuestas en el interior. Si carece de esta apertura, al ser humano no le ha de ser nada fácil hacerse adulto y saber gobernar su vida. En todos los relatos mitológicos, la mujer es la imagen de la tierra que gesta y da forma a todo cuanto existe.

La mujer es, según el traductor de la Biblia Fabre D´Olivet, el espejo en el que la voluntad masculina se refleja. Es un sostén, una guía auxiliar, es facultad plasmadora, sustancia reflejante, y reveladora, es sinónimo de cristalización, de cambio, de movimiento, de anécdota, circunstancia, de creación de formas físicas, es tierra de acogida para la simiente masculina, es lluvia, es agua. La mujer es también la facultad de comprender ya que al cristalizar la voluntad, le permite a esta comprobar el resultado de lo que ha ideado.

Si en el inicio de la evolución, en la época primitiva, el hombre es Fuego y la mujer lluvia que intenta apagarlo, a lo largo del desarrollo los papeles se van modificando. La lluvia se convierte en humedad fecundadora y el Fuego en calor fecundante, lo cual significa que la mujer y el hombre se entienden mejor y juntos consiguen esparcir la vida a su alrededor, crean abundancia, es cuando se celebran las nupcias, su tierra mental, emotiva y física se convierten en ubérrimas. Y entonces el espejo se parece tanto a la figura que debe reflejar que forma con ella una única realidad, por lo tanto el espejo desaparece, nos transformamos en naranjas enteras, en seres hermafroditas. A partir de este momento, si elegimos estar con otra persona es porque nos apetece y porque acordamos recorrer con ella un trecho del camino, ya no es porque necesitamos que tape nuestros agujeros, que rellene nuestras carencias y nos ayude a ver lo que no vemos de nosotros mismos.

El fuego acuariano


El fuego de Acuario es femenino. Quienes aceptan zarandear el árbol de sus costumbres son los herederos espirituales de Myriam de Magdala, que ahora mismo está recobrando un especial protagonismo a través de la novela “El Código Da Vinci”, su misión es reunificadora pero a través de la desestabilización. El fuego femenino de Acuario sugiere una nueva definición de la espiritualidad, una espiritualidad de ruptura y comunión. Ruptura con las convenciones, los dogmas y sus petrificaciones; la comunión con el redescubrimiento de un amor sin artificios, siendo uno mismo sin represiones. El verdadero fuego femenino sabe que no hay que obrar en contra de algo sino para construir algo. De esa forma, el engranaje de las relaciones de fuerzas se diluye y se acaba el combate.

La meta del fuego femenino no es la suplantación del fuego varonil, es la de ayudar a la transformación de la forma varonil que regenta el universo en una forma masculina de obrar, que es con voluntad y desde la conciencia. Nuestra evolución, nuestra emancipación y nuestra felicidad son asuntos de imaginación y de voluntad. El fuego femenino es desprogramación, es salir de los reflejos dualistas. El fuego de María de Magdala nos invita a estar presentes en nuestro presente y a romper con todo lo que presiona a la materia y a la conciencia. En el momento en que nos digan que algo es imposible, esforcémonos en pensar que es realizable, así es como empezaremos a disparar en nosotros el principio de la Magdalena, liberándonos de la programación de generaciones pasadas.

El fuego femenino no es algo a lo que uno se adhiera como uno adopta un credo o una filosofía sino que se siente, uno se deja invadir por él.

María de Magdala

Según numerosos autores que han investigado en la memoria de la naturaleza, la Magdalena nunca fue una libertina sino una mujer libre, es decir, capaz de insumisión con relación a las normas de su tiempo y por ello merecedora de ser señalada con el dedo. Su inconformismo y su audacia son, al parecer, los únicos causantes del aspecto escandaloso que se le atribuye.

Después de la partida del Maestro, la Magdalena recorrió multitud de territorios para dar testimonio de lo que había vivido junto a él. En un pueblo, se encontró con cuatro jóvenes que esperaban con ansia que ella les dedicara un discurso académico sobre la doctrina crística. Sin embargo, ella se dedicaba a repartir queso, frutas, agua y dulces, a observar en silencio, a compartir un retazo de la vida de aquellas gentes. Constatando la decepción de los cuatro jóvenes ávidos de conocimiento, María de Magdala les dijo: “Si os imaginabais que iba a arengar a la gente diciendo “el Maestro me dijo...” es que aún no habéis comprendido la naturaleza del tesoro que he recibido, no tengo que convencer a nadie, las gentes de este pueblo no vienen a mí para oírme predicar o describir los esplendores del espíritu, vienen a verme para recibir amor. Porque he aprendido a escuchar, a recoger el sufrimiento, porque me he mostrado en esa apertura y porque esta brecha abierta de mi alma basta siempre para dejar que Él se exprese como crea conveniente, Él, el Maestro. Con mi presencia, no alcanza ni al hombre ni a la mujer sino a la joya que, dentro de ellos, es a la vez el Sol y la Luna, el ser masculino y el femenino.

La Magdalena, en calidad de presencia iniciadora, está dotada de un estatus espiritual indiscutible, superior al de los demás apóstoles. Es la única mujer que se menciona en un contexto exclusivamente masculino. Podríamos interpretarlo en el sentido que la sensibilidad femenina puede actuar como un fermento en un mundo que se estanca debido a un exceso de masculinidad.

Catarismo

Parece que la activación del fuego femenino está corriendo paralela al resurgir del catarismo, cuyo emblema es precisamente la aceptación de la dualidad. Para los cátaros, la auténtica sacerdotisa es la que levanta al hombre, la que eleva su vibración y despierta a su diosa, su divinidad interior, es la que le hace sentir, pero de forma consciente y sin manipularlo. Cuando los catáros se enteraban de que había una mujer sabia en algún lugar, organizaban peregrinaciones para encontrarla. La mujer cátara es la que percibe la pequeñez del hombre ante ella pero sabe darle su libertad, sin esclavizarlo ni dominarlo. El término “noia” que significa chica en catalán viene de “nous” (griego) = sabiduría, es la sabiduría que sólo sabe transmitir la mujer.

Como conclusión, podríamos decir que si es fundamental que la mujer tome desde ya mismo posesión de su papel reformador, también urge que el hombre acepte despertar a la mujer que dormita en él.

Bibliografía :

Curso de Interpretación del Apocalipsis, Kabaleb
Visiones Esenias, Daniel Meurois Givaudan
El Evangelio de María Magdalena, Daniel Meurois Givaudan
Cercamon, Luis Racionero

3 comentarios:

Xavier Santotomas dijo...

Excepcional reflexión,
muchas gracias por compartirla.

ANA dijo...

Me ha gustado mucho leer esta reflexión, creo que pone las cartas sobre la mesa para empezar a trabajar con la iniciación global en esta nueva era androgina de integración y unión.

Gracias y un saludo, Ana

Anónimo dijo...

Sabias palabras, Soleika, ¿has leído el seminario 20 de Lacán?

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